miercoles Ť 17 Ť octubre Ť 2001

Arnoldo Kraus

Bacillus antracis, variedad humanitas

Se calcula que desde 1980, fecha en que se reportó el primer caso del síndrome de insuficiencia adquirida, han fallecido 25 millones de personas. Siglos atrás, la peste sepultó 40 millones. En el siglo XX, y lo que va del presente, el número de tumbas cuyos cadáveres conllevan los diagnósticos de tuberculosis, cólera o males relacionados con la desnutrición son "demasiados". Demasiado en el sentido de que muchas de esas muertes se pudieron evitar, ya que la ciencia y el progreso científico cuentan, desde hace muchos años, con suficientes elementos para evitar esos decesos. Lo mismo sucedió con la viruela o el ántrax, enfermedades actualmente de moda por el temor a las armas biológicas. Pero así como el 11 de septiembre empezó antes, mucho antes, la noción de que el carbunco, la viruela u otros agentes patógenos podrían utilizarse como armas para guerras biológicas fue desarrollada por Estados Unidos, Rusia y otros países desde hace muchos años.

Entre la grandeza de los laboratorios que descubren el nombre de los virus o de los bacilos, sus tratamientos y la parafernalia empleada para aislarlos, cultivarlos y posteriormente utilizarlos como agentes mortales, la responsable es la misma ciencia creada por el ser humano. El destino de nuestra especie se reúne en un binomio inseparable e inexplicable: utilizar las mismas cabezas y los mismos instrumentos con propósitos diametralmente opuestos. ƑCuál es la diferencia entre unos y otros? ƑCuáles son los credos, las religiones o los dioses que dirigen algunos esfuerzos para crear y los mismos para destruir? Y, por último, Ƒes acaso posible "hacer algo" cuando el fanatismo es sino y totalidad y usufructúa todo tipo de recursos para conseguir sus fines? Me temo que la última cuestión carece de solución, precisamente porque su impenetrable vesania esquiva cualquier posibilidad de diálogo, de razón o de lógica.

El fanatismo hace añicos incluso esperanzas tan desoladoras como la de Bertrand Russell, cuando en 1950 al reflexionar en un ensayo -Ideas que han dañado a la humanidad- sobre la situación del ser humano, consideraba que nuestra especie requería dos pilares: mejorar su organización -política, económica y educación- para eliminar las guerras y generar un internacionalismo sano y fomentar las cualidades morales, sobre todo la caridad y la tolerancia. Russell consideraba que el éxito dependería de que ambas creciesen a la par y afirmaba: aunque "apenas me atrevo a pensarlo, es probable que la bomba de hidrógeno sembrará cordura y tolerancia en la humanidad. Si eso sucediese, entonces tendríamos razones para bendecir a sus creadores".

Russell se equivocó. Entre el bacillus antracis, los virus de la viruela o del Ebola y la capacidad destructiva del ser humano las diferencias primordiales radican precisamente en el propio ser humano. Aun cuando es imposible, sería interesante conocer cuántos cadáveres se han apilado por las guerras, por el uso de armas biológicas, por los gases en los campos de concentración o el napalm, y cuántos por los desastres naturales. Crítico sería también saber cuántos muertos ha traído la negligencia asociada al poder del conocimiento y al mal uso de la tecnología en contraposición con las "vidas salvadas" por el buen uso -medicamentos, alimentos- de esos mismos instrumentos.

ƑSon realmente más letales las esporas del ántrax o la capacidad de infectar de los virus que la de las cepas humanitas variedad siglo XX y XXI? La diferencia es que las primeras dependen del segundo mientras el ser humano se subordina a sus propios conceptos del bien y del mal, así como a las percepciones y juicios que hace de los otros.

Si bien contra el fanatismo o contra los nuevos fanatismos nos encontramos desarmados y seguramente derrotados, contra los "otros ismos", los de las cepas humanitas que se cultivan y contagian en Occidente, probablemente "algo" se pueda hacer y quizá, incluso, puedan surgir nuevas ideas que frenen el terrorismo.

Los estudiosos de la violencia, sobre todo a nivel colectivo, han explicado que en épocas de crisis morales, como la que ahora atravesamos, las personas responden diferente. Unas siguen a los asesinos y otras no. Las respuestas varían, aun en situaciones idénticas; el peso que tenga la identidad moral de las personas influye en su conducta ulterior. Esto es, lo que aprendieron en la casa, en la escuela, en el barrio o en el círculo donde desarrollaron sus primeras actividades. Aquellos que construyeron una identidad moral fuerte y han considerado lo que quieren ser, suelen contar con defensas extras para no participar en actos de crueldad, obediencia o ideologías oscuras.

Los bacillus antracis y las cepas humanitas se han cultivado precisamente en los mismos caldos que nutren y dan pie a los fantasmas de los fanatismos. Quizá antes de que el escepticismo nos sepulte, la mayor esperanza radique en fomentar la tolerancia en las escuelas y fortificar la identidad moral.