éxico llega a la revisión del T-MEC en un contexto muy distinto al que dio origen al tratado. Pero conviene empezar por una precisión básica: se le presentó como un acuerdo de libre comercio cuando, en realidad, el libre comercio entre México y Estados Unidos ya estaba prácticamente establecido. La apertura comercial venía de antes y la reducción arancelaria era, en lo esencial, un hecho. Lo que realmente se buscó fue otra cosa: dar certidumbre jurídica a la inversión extranjera, proteger al capital trasnacional y consolidar a México como plataforma exportadora de bajo costo para el mercado estadunidense.
Ése fue el núcleo del modelo. No se trataba simplemente de comerciar más, sino de organizar la economía mexicana para atraer inversión, ensamblar para afuera y subordinar la dinámica productiva nacional a decisiones tomadas fuera del país. Se exportó más, sí, pero sin construir una base tecnológica propia, sin fortalecer al empresariado nacional y sin una política industrial capaz de mover a México hacia actividades de mayor valor agregado. La promesa era que la apertura terminaría por modernizar la economía. Lo que vimos fue otra cosa: crecimiento mediocre, dependencia creciente y una estructura productiva fragmentada.
Ese mismo esquema es el que ahora se reconfigura, pero en condiciones más duras. Lo que antes fue un tratado orientado a proteger inversiones hoy se convierte en una pieza de la estrategia geopolítica de Estados Unidos. Ya no se trata sólo de comercio, sino de seguridad nacional, control tecnológico, insumos críticos y cadenas de suministro en disputa con China.
En esa lógica, el T-MEC deja de ser un marco de reglas relativamente estables y se vuelve un mecanismo de alineamiento. Estados Unidos busca reducir su exposición a China, asegurar recursos estratégicos y reorganizar América del Norte como un espacio funcional a sus intereses.
Ahí se ubican los principales frentes. El energético, donde el interés por el petróleo, el gas y la electricidad responde a una lógica de control sobre recursos críticos. Y el comercial, donde se perfila una unión aduanera de facto: reglas de origen más estrictas, estándares alineados y mayor supervisión para limitar la presencia de China en la región.
De hecho, ese proceso ya comenzó. El aumento de aranceles a productos chinos –el mayor giro de política comercial en décadas– no es una decisión aislada, sino un ajuste previo a la revisión del T-MEC. México no está esperando a negociar para definir su posición; la está ajustando antes de sentarse a la mesa.
En este contexto, también conviene despejar otra confusión. Hoy se le llama “política industrial” a casi todo, incluida la simple atracción de inversión extranjera. Pero atraer IED no es política industrial. Puede ser un instrumento, pero no la sustituye. Sin aprendizaje tecnológico, sin desarrollo de proveedores y sin una estrategia deliberada de transformación productiva, lo que hay es continuidad del mismo modelo bajo otro nombre.
Eso es lo que está en riesgo de repetirse con el nearshoring. Puede haber más inversión, más plantas y más exportaciones, sin que eso se traduzca en mayor capacidad productiva propia. Es decir, más integración sin más autonomía.
Tampoco debe perderse de vista que el T-MEC puede dejar de ser, en los hechos, un tratado trilateral y convertirse en dos acuerdos bilaterales con Estados Unidos. La diferencia importa: Canadá llega con una economía más diversificada y mayores márgenes de maniobra, mientras México depende mucho más profundamente de un solo mercado.
El problema, además, no es sólo externo. También es interno. México llega a este momento con una economía débil, un margen fiscal estrecho y poca capacidad para responder a presiones de gran escala. A eso se suma una situación política menos sólida: una popularidad que ya no arrastra como antes, un gobierno que busca agradar a todos y un bloque gobernante cada vez más atravesado por posiciones que no responden a un mismo proyecto nacional.
Eso tiene consecuencias. Cuando no hay una estrategia clara, tampoco hay líneas rojas claras. Y cuando del otro lado sí las hay, el resultado se define rápido.
El resultado es un país que llega con poco margen y, en los hechos, a aceptar lo que le sea impuesto.












