Opinión
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Anti Cuba(nos)
D

urante estos complejos días de tensión, se desatan ataques en varias direcciones. La mayoría de esos golpes corren paralelos a las invocaciones de Donald Trump.

Sus constantes desplantes y bocanadas por anexarse países completos resuenan sin asideros reales.

Todo a sabiendas de que mucho de ello son tropelías verbales que enrarecen el ambiente. Otros alegatos del republicano encuentran sus raíces en ambiciones coloniales que vienen de lejos, acarreando trágicas cargas de daños, muertes y odios.

El resto es pura promoción y caprichos personales, entremezclados con consabida y compulsiva dirección: Cuba. Aprovechando el ruido del escandaloso, cínicos oportunistas locales entrevén, erróneamente, que el accionar del señor del peluquín amarillo puede beneficiarlos en sus torpes pretensiones de poder, cura de rabias o protagonismos perdidos.

Tanto Canadá, como Groenlandia o la misma Venezuela, pueden sentirse fuera del alcance real de ser anexionados. Pero ello no deja de insuflar aires tensos que turban su diario quehacer. A

su socio canadiense le manosea usuales prácticas exportadoras y le anexa corajes; unas y otros deberán ser purificados para encontrar sus nuevas oportunidades. Poco podrá hacer el magnate rugidor para evitar que los canadienses encuentren nuevo destino, tal vez con trabajadas alianzas.

O adoptando la prometedora ruta que ha formulado, con precisión oratoria, su primer ministro.

En este mismo rumbo aparece una Europa más atrevida para juntarse con India buscando limpiar su rostro, manchado por insultos y menosprecios trumpianos. Ejemplos que, con seguridad, ampliarán las visiones de otros países que no se rendirán ante poderosos arbitrarios.

El caso cubano debe ser pensado con lupas, distintas a las usuales, aun cuando muchas de sus consecuencias y diseños bien se conocen. Lo que brota del intento actual de dominio es la dureza criminal de la tentativa: el bloqueo energético.

Sin duda una estrategia que causará daños múltiples a la pequeña y rebelde isla-nación.

Esta decisión de la élite gringa que gobierna Estados Unidos no salva ninguna de las muchas condenas, las endurece. Sólo asoma, tras ella, el rencor acumulado de varias generaciones de cubanos emigrados.

Un puñado de sujetos rencorosos que encontraron rescoldo a sus fracasos agrediendo a sus connacionales: no olvidar la voladura de un avión –de Cubana– en vuelo.

Lograron, eso sí, formar una especie de modus vivendi adjuntando protecciones y lucrativos negocios personales.

Pudieron, asimismo, inocular al resto de políticos del estado de Florida, con su venenoso odio. Politiquillos de poca monta, eficaces para acarrear daños irreparables y trágicos al resto de los isleños. Destacan, entre esa perversa caterva, algunos de claro sino criminal. El mismo secretario de Estado estadunidense, Marco Rubio, actual conductor del embate oficial en curso, es protagónico en extremo.

Apiñados en su habitual modo de agresiones difusivas, buena parte de la opinocracia mexicana se lanza para engordar el caldo de los agresores imperiales.

Aquí, es preciso detenerse para repensar, al menos, algunos de los motivos que animan a esta beligerante comparsa de reaccionarios.

Empezaremos por afirmar, aun a precio gratuito, las pulsiones íntimas que agregan violentas palabras condenatorias contra los dirigentes cubanos.

Y, a la par, olvidan el fenómeno político y social que ocurre como resultado nefasto y hasta trágico.

Es bastante posible que hiervan ingredientes internos de irresponsabilidad personal y mucha carga ideológica, que los hace menospreciar la inhumana pulsión del bloqueo decretado.

Todos estos furiosos comunicadores depositan severas culpas en el llamado ambiente tiránico de los lideres isleños. Una herencia del odio cerval a Fidel Castro, al que dicen despreciar, pero envidian.

Nada de culpa reconocen a los que buscan recuperar sus paraísos y mimos perdidos. Las felices horas de lujos y placer sin ley que disfrutaron, por décadas, las turbas turísticas de verdaderos malvivientes.

Cómo situar a los cotidianos perseguidores de cualquier trato con Cuba y sus médicos y profesores. Profesionales que mucho bien acarrean en México y a otras partes del mundo.

No hay motivo, ni día alguno, que sea despreciado por compulsivos críticos, atentos a la menor señal de ataque concertado.

Han decidido situar el caso de Cuba y los cubanos, como anzuelo y consigna. Llevan en la panza el propósito de dañar la imagen de los morenos y a su Presidenta. Son sus tristes y racistas estrategias políticas que han usado y en ellas perseveran sin rastro alguno de ética o empatía.

También se añaden tecnócratas hacendarios del pasado (Guillermo Martínez) que aprovechan, con supina torpeza, la oportunidad para salir del olvido.

Soslayan su nefasta participación en operar, durante la larga noche neoliberal, la eficaz fábrica de pobreza y marginación en pos de privilegios.