Sábado 18 de abril de 2026, p. a12
El acontecimiento discográfico del momento es la redición de las tres últimas sinfonías de Anton Bruckner dirigidas por Carlos Maria Giulini en una bella caja con seis vinilos.
Fueron grabadas en vivo en la Grosse Saal del Musikverein, sede de la Filarmónica de Viena. La recuperación se hizo en 2024 a partir de los másters originales en una edición limitada y numerada. Se pueden escuchar en Spotify con un sonido formidable.
Carlo Maria Giulini (1914-2005) es uno de los más grandes directores de la historia. Pertenece a la generación de Herbert von Karajan, Sergiu Celibidache, Georg Solti y Rafael Kubelik.
Es conocido por sus fraseos prolongados y muy elegantes, su elección refinada de las obras que dirigía y sobre todo por su sentido profundo de la espiritualidad, que lo conecta con Anton Bruckner (1824-1896), el compositor que profesó la totalidad de su obra a la divinidad. La fe inquebrantable de ambos se suma en estas grabaciones que sobresalen entre las más apreciadas de entre la muy selecta discografía de sinfonías de Bruckner.
Entre las convicciones de Giulini como director de orquesta destaca su certeza de que una misma nota puede sonar muy diferente según factores como el tiempo o la longitud. “La música habla a la imaginación emotiva de cada persona de manera diferente”.
El factor tiempo opera de manera decisiva en las grabaciones que hoy nos ocupan: las realizó Giulini al final de su carrera, cuando poseía un sentido muy sabio y sereno del factor tiempo. Luego de grabar Bruckner, retomó las sinfonías de Brahms con igual profundidad y frases muy largas y transparentes.
Estas grabaciones de Brahms y Bruckner, que hizo con la Filarmónica de Viena, al igual que la Tercera de Beethoven y Novena de Mahler, que realizó con la Filarmónica de Los Ángeles, están consideradas como verdaderos tesoros para melómanos.
Otro hecho relevante de estas grabaciones con las últimas sinfonías de Bruckner, es que son las obras donde el autor austriaco adoptó uno de los grandes inventos de su tutor, Richard Wagner: la tuba Wagner o tuba tenor, que posee una sonoridad muy especial y relevante, un sonido peculiar y diferente al de cualquier otro instrumento. No en balde Giulini fue, antes que director de orquesta, un gran intérprete de viola, ese instrumento que posee a su vez sonido peculiar y misterioso, amplio y profundo.
Y es precisamente con el sonido de tuba tenor como Giulini comienza su ciclo bruckneriano, pues la Sinfonía 7 abre con un trémolo breve en cuerdas para dar paso al majestuoso cuarteto de tubas tenor. Es la primera vez en la historia de la música que suena ese instrumento en música sinfónica.
El sello distintivo de la Séptima Sinfonía de Bruckner es ese raro equilibrio entre la monumentabilidad del sonido y su mesurada nobleza. Esas dimensiones descomunales de sonido se deben no solamente a que Bruckner agrandó en número la orquesta, sino en sus recursos técnicos composicionales y en la capacidad de elegancia y sobriedad del director, Carlo Maria Giulini.
El filósofo austriaco Ludwig Wittgenstein hizo notar el valor de lo sutil como el referente por antonomasia para referirse a la música de Anton Bruckner.
Ese tema elegante y delicado que entona el coro de tubas tenor se encamina hacia el primero de los muchos clímax de este primer movimiento, allegro moderato, de la Séptima.
A partir del muy intenso segundo movimiento comienza la nomenclatura que caracteriza a Bruckner. El matiz que pide para el adagio, o movimiento lento, dice así: Sehr feierlich und sehr langsam: muy solemne y muy lento.
Para mayor hondura, Bruckner añadió una tuba bajo al par de tubas tenor para el estrépito celestial del scherzo, tercer movimiento, muy veloz (seh schnell) y luego el formato Trio. Etwas langsamer (un poco más despacio).
Estamos frente al arte de las transformaciones. O mejor: de las transfiguraciones.
Grandes masas de sonido se mueven como plasma, óleo de Escher, colmena. Adquiere formas fulgurantes, de colores, traza geometrías, cada celda de la colmena es habitáculo de pulsaciones que estallarán en géiseres, cascadas, cauces.
Es fascinante como el cosmos en movimiento. De manera muy sutil, cada frase melódica se transforma en siluetas de Matisse, circunnavegaciones, rehiletes.
El conjunto de melodías forma una danza donde duendes deletrean donaires.
El final es un remolino que se convierte en arcoíris.
La Octava de Bruckner con Giulini es un portento. Desde el primer movimiento ocurre en intensidad calcinante. Coros de alientos metales incisivos, relampagueantes, una tormenta dotada de espacios para el refugio. Tuttis imponentes. Golpes de timbal.
A esos incesantes 17 minutos se suman otros tantos del segundo movimiento, uno de los scherzi brucknerianos de mayor impacto emocional. Las moles de sonido se difuminan de manera horizontal cada vez que estallan contra alguna superficie.
Las tubas tenor navegan como naves nodrizas, seguidas por embarcaciones que cortan el horizonte.
Enseguida, el movimiento lento, adagio, de la Octava, flota en lo sublime. Casi media hora de éxtasis. Es el movimiento sinfónico más largo de todos los que escribió Bruckner: Feierlich langsam; doch nicht schleppend. Solemnemente lento pero sin arrastrar. Lo que logra Giulini a la batuta es una sensación de flotar. Tres arpas guían la ruta celestial.
El finale ocupa otra casi media hora, en progresiones a golpe de timbal, trompetas a lo alto, suspense, un clímax tras otro tras otro, siempre flotando.
Esa intensidad crece en la Novena Sinfonía de Bruckner y en manos de Carlo Maria Giulini es un remolino de emociones, una pira gigantesca de sonidos, una cátedra de fraseo, una experiencia espiritual muy profunda y revitalizadora.
Los 28 minutos que ocupa Giulini en desplegar los poderes del primer movimiento, con la indicación que escribió Bruckner: Feierlich, misterioso, nos preparan para el más intenso de los scherzi brucknerianos: sencillamente brutal.
La indicación que puso el compositor en su partitura es inequívoco: bewegt, lebhaft: conmovedor, impulsivo. Y así lo hace sonar Giulini.
El final es la media hora de música más hermosa que se haya escrito en sinfonía alguna.
Es un movimiento lento, adagio, no hay un cuarto movimiento con una coda final de esas de alarido, lo cual ha dado pie a las más risibles deducciones e interpretaciones que se pueden resumir en un cursi por inexistente “adiós” del compositor, quien por lo contrario, dejó unas 200 páginas de borradores para el cuarto movimiento sin decidirse jamás a modificar el final, que es irremediablemente bellísimo. No hay tal “adiós”. Es música en estado puro.
El sonido sostenido de una tuba tenor envuelto en un enjambre de instrumentos de cuerda queda flotando en el ambiente.
Las últimas frases de la Novena Sinfonía de Bruckner son un hermoso gesto de agradecimiento por estar vivo, un movimiento perpetuo, un no final, un sinfín, un gesto de eternidad.
He aquí un material invaluable, una experiencia profundamente intensa y espiritual.
Las sinfonías 7, 8 y 9 de Anton Bruckner con Carlo Maria Giulini y la Filarmónica de Viena son un gran regalo de la vida.











