l tomar la palabra en la cuarta Cumbre en Defensa de la Democracia, la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo exhortó a enfrentar el unilateralismo y el belicismo impulsados desde Estados Unidos por Donald Trump. “Vengo a la Cumbre por la Democracia a nombre de un pueblo trabajador, creativo y luchador, pero sobre todo profundamente generoso. Un pueblo que ha aprendido a resistir sin odiar, a defender sus derechos sin dejar de respetar a los demás, a creer en la paz incluso cuando la historia le ha puesto pruebas difíciles. Vengo a nombre de un pueblo solidario hasta en la adversidad, profundamente humano, que se resiste al individualismo, que rechaza la discriminación y se niega con dignidad a mirar al otro o a la otra desde el desprecio”, expresó la mandataria frente a sus pares de 15 países reunidos en Barcelona. Además de reiterar su orgullo por las milenarias culturas mexicanas y condenar los atropellos y el expolio que tuvieron lugar durante la Conquista y la Colonia, la Presidenta hizo dos propuestas puntuales a los centenares de políticos y activistas progresistas congregados por invitación del presidente español, Pedro Sánchez: pronunciarse contra una intervención militar en Cuba y destinar 10 por ciento de gasto mundial en armamento a políticas de reforestación.
El progresismo no vive un momento luminoso. A uno y otro lado del Atlántico, émulos de Donald Trump ocupan cada vez más posiciones de poder desde las cuales empujan una agenda de barbarie, odio y prevalencia de la fuerza sobre la razón. En América Latina, el ciclo de auge de la ultraderecha calca los patrones de las dictaduras impuestas o patrocinadas por Washington durante la guerra fría: sumisión indisimulada a la Casa Blanca, entrega de los recursos naturales a los dueños de capitales extranjeros, establecimiento de estados policiacos con el pretexto de la seguridad, persecución de la disidencia, desmantelamiento sistemático de derechos sociales y remplazo efectivo de las democracias (por muy imperfectas que fueran) con oligarquías excluyentes y aporofóbicas. Sea por convicción ideológica o por oportunismo electoral, las derechas tradicionales han depuesto las máscaras y renunciado al liberalismo formal para mimetizarse con las fuerzas neofascistas.
Durante medio siglo de neoliberalismo, se ha instalado un sentido común que estigmatiza como “populista” o “radical” cualquier intento de hacer valer los derechos humanos positivos, es decir, aquellos que se expresan en términos de lo que el Estado debe hacer, como proveer acceso a la atención médica, a la educación, a la vivienda o al trabajo digno. Para esta corriente dogmática, los únicos derechos verdaderos son los denominados negativos, por designar lo que los gobiernos no deben hacer: libertad de expresión y de prensa, libertad de culto y asociación, libertad de tránsito y, sobre todas las cosas, derecho a la propiedad privada. En los hechos, los estados guiados por estos principios se reducen a dos funciones básicas garantizar la libre circulación de los capitales y reprimir la protesta contra las injusticias sociales generadas por el modelo económico.
Es en este contexto de amenazas a la democracia y creciente control del poder económico sobre el político que debe apreciarse el valor histórico del encuentro en Barcelona: mandatarios como Sheinbaum, Sánchez, el brasileño Luiz Inácio Lula da Silva o el colombiano Gustavo Petro encabezan gobiernos que han reducido la pobreza, integrado a la sociedad a cientos de miles de migrantes, apostado por la paz, protegido la soberanía frente a los amagos del trumpismo, recuperado el poder adquisitivo del salario mínimo y, en suma, trabajado a favor de las mayorías. Sin obviar las imperfecciones de sus respectivos proyectos o los defectos personales de cada uno, los mandatarios progresistas han demostrado que es posible y necesario poner los cimientos de un mundo mejor incluso –o sobre todo– cuando los vientos hegemónicos sugieren que no hay alternativas al predominio de la codicia, el egoísmo, la desigualdad extrema y la ley de la selva en las relaciones intra e internacionales.
Por último, es imprescindible encomiar el comunicado conjunto de México, Brasilia y Madrid en condena a cualquier tipo de intervención militar en Cuba, por la “necesidad de respetar en todo momento el derecho internacional y los principios de integridad territorial, igualdad soberana y arreglo pacífico de las controversias” y su compromiso de “incrementar de manera coordinada la respuesta humanitaria dirigida a aliviar el sufrimiento del pueblo cubano”.
Este gesto no es un acto secundario, pues la defensa de la libertad de Cuba ante el asedio imperialista ha sido y sigue siendo una bandera irrenunciable de todos los pueblos que anhelan vivir en un mundo de iguales.











