Opinión
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Agenda 2030
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ace 11 años, 193 estados miembros de Naciones Unidas hicieron suya la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible, un plan maestro que contempla 17 objetivos y 169 metas que abarcan la economía, lo social y lo ambiental. “Estamos resueltos a poner fin a la pobreza y el hambre (…) combatir las desigualdades (…) construir sociedades pacíficas, justas e inclusivas, proteger los derechos humanos y promover la igualdad entre los géneros (…) y garantizar una protección duradera del planeta y sus recursos naturales”, señalaron en 2015 los firmantes (http://bit.ly/4cm6J2U).

A cuatro años de la fecha fijada, pocos avances pueden ser presumidos; lejos parece estar ahora la posibilidad de acuerdos que desemboquen en resultados y, por el contrario, el mundo en su conjunto camina hacia la multiplicación de facturas no pagadas, en un tablero global cuyas reglas se desdibujan con el pasar de los días.

Recientemente, la Cepal, en su noveno informe sobre el progreso y los desafíos regionales de la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible en América Latina y el Caribe, apunta que sólo se alcanzaría el 19 por ciento de las metas para 2030, un avance menor al 23 por ciento estimado el año anterior. Y si bien, se dice, el avance de las metas en la dirección correcta es de 42 por ciento, el ritmo es muy lento y, además, un 39 por ciento se encuentra en situación de estancamiento o retroceso en comparación con 2015.

De acuerdo con José Manuel Salazar-Xirinachs, secretario ejecutivo de la Comisión, son varios los factores –internos y externos– que han contribuido al lento avance, entre ellos el deterioro de las capacidades institucionales, la falta de priorización de algunos objetivos y metas, las limitaciones de financiamiento, el peso de la deuda, y particularmente, el bajo nivel de crecimiento de varios países de la región.

Es nuestro caso, no sólo el bajo crecimiento económico ha impedido, e impide, ampliar las capacidades productivas para la generación de buenos empleos, distribuir el ingreso de manera más igualitaria, cumplir con los derechos sociales y abatir los rezagos y las carencias, también nuestros escasos recursos públicos conspiran abiertamente en contra del cumplimiento de la agenda. Todo ha sido puesto sobre el pizarrón, pero no hay quien recoja el desafío.

Dice el informe: “los ingresos fiscales han sido insuficientes para (…) apuntalar el crecimiento económico. En la última década, los países de la región no han logrado mejorar sustancialmente su recaudación tributaria (…) y han mantenido una brecha de más de 10 puntos porcentuales del PIB respecto de los países de la OCDE (…) se estima que el ODS 1 (fin de la pobreza), el ODS 9 (industria, innovación e infraestructuras), el ODS 10 (reducción de las desigualdades), el ODS 13 (acción por el clima) (…) no alcanzarían a cumplir ninguna de sus metas en 2030”.

Sabemos que convivir con situación tan maligna, a más de negarla como política pública, forma parte de nuestras sabidurías convencionales. Sin embargo, bien puede y debe insistirse en que se trata de malas y nada pasajeras noticias. Al implantarse, este tejido de la resignación embiste contra el espíritu público que nos quede, deteriora el intercambio social y abate toda mirada ambiciosa que busque señales de un futuro mejor.

Acierta la Cepal al resaltar el peso nocivo que la falta de crecimiento y la pobreza de las arcas estatales tienen sobre la vida colectiva de las naciones y sobre los propios estados, cuya legitimidad es puesta diario en la picota. Rescatar al Estado para asegurar una existencia menos dañada por el deterioro ambiental tendría que tornarse consigna universal, curso primario y obligatorio desde la enseñanza básica, y tema de obligada visita en toda suerte de deliberaciones públicas y políticas.

Mientras el rezago continúe, se reproducirá la lacra del desempeño socioeconómico sucio y así habrá de ocurrir en las voluntades y las mentalidades. Sólo haciendo explícita la multimencionada agenda para el desarrollo sustentable y convertida en política para la acción colectiva podremos cantar alguna victoria, que no será pronta ni definitiva.

Nada nos será dado. Para lograrlo, hay que insistirlo, es fundamental elevar los recursos públicos, expandir las bases tributarias y construir un gran pacto consensuado por una evolución humana consciente de lo que se juega. Y no es exageración: los sabios, entre ellos los que tenemos con nosotros, nos lo dicen y reiteran: es nuestra existencia en la Tierra. Y nada más.