xplica mi buen amigo Perogrullo. Las redes nacionales de transmisión (RNT) y generales de distribución (RGD) reciben energía de los generadores para ser retirada por los suministradores. Instante tras instante, durante las 8 mil 760 horas del año (24 más en bisiesto). Los suministradores la envían a los usuarios. Residenciales, comerciales, agrícolas y de múltiples servicios públicos. A pequeñas, medianas y grandes empresas, comerciales e industriales. Y a los publicitados pero regresivos transportes individuales, aunque también a los virtuosos –mínimos– transportes eléctricos públicos, masivos. La magia de la electrónica permite la adecuación producción-suministro. Con continuidad, calidad, confiabilidad y seguridad. Las reglas buscan un buen despacho económico de carga en el mercado eléctrico mayorista (MEM). No es una simple jerarquización de centrales según el llamado costo marginal. Los especialistas en optimización lo aclaran. El operador –en nuestro caso, el Centro Nacional de Control de Energía (Cenace)– debe resolver adecuadamente un problema de optimización con restricciones. Sí, limitaciones técnicas de generadoras, restricciones físicas de redes, y criterios de calidad, seguridad y confiabilidad del sistema. Y determinar, para cada intervalo de tiempo, la combinación de generación y demanda que minimiza el costo total ofrecido. Este problema aparece con claridad en trabajos de investigación recientes. Diversos autores la analizan con cuidado y muy críticamente. Y más hoy, con la introducción masiva de renovables, intermitentes y volátiles. Demuestran que el MEM no es un mercado convencional. Es un mecanismo complejo en el cual la lógica de precios está permanentemente mediada por la física del sistema. Y por las exigencias de continuidad, seguridad y confiabilidad. El precio marginal –nodal o zonal– no resulta del simple cruce del cruce de curvas de oferta y demanda. Para nada. Los expertos críticos subrayan la gran importancia del llamado multiplicador de Lagrange, asociado a las restricciones del sistema. Es el mecanismo que permite identificar la expresión monetaria de la compatibilidad entre eficiencia económica, viabilidad física y seguridad operativa. Asociado a un conjunto complejo de restricciones de operación y de exigencias de seguridad y confiabilidad. Y agregan: es el precio sombra de una restricción. En el despacho eléctrico, da origen al componente energía y, junto con los multiplicadores de congestión y pérdidas, al precio marginal local (PML). No es una señal pura ni natural. Resulta de una modelación del sistema, sujeta a reglas institucionales. Coordina bien ciertos problemas marginales de corto plazo, pero no sustituye la planeación ni resuelve por sí solo las contradicciones estructurales del sistema eléctrico. De ahí la exigencia de renovada regulación y de planeación vinculante. Dos grandes arquitecturas institucionales expresan esta tensión. Por un lado, los mercados nodales, en los que el despacho económico incorpora explícitamente las restricciones de la red y produce PML. Por otro, los mercados secuenciales o zonales, en los que el mercado “limpia” primero sobre una representación simplificada del sistema, dejando al operador la tarea de corregir ex post las inconsistencias físicas mediante un redispatch. La diferencia no es menor: en el primer caso, la complejidad se internaliza en el mecanismo de mercado. En el segundo, se desplaza parcialmente fuera de él. De aquí emergen tres contradicciones esenciales del diseño. La imposibilidad práctica de incorporar toda la complejidad física del sistema en un único problema de optimización, lo que obliga a introducir aproximaciones y, en muchos casos, restricciones “suaves” acompañadas de parámetros de penalización. La complejidad que supone tener soluciones aparentemente eficientes, pero físicamente inviables, obliga a nuevas estimaciones que encarecen la operación y distorsionan las señales originales de precio. Finalmente, los precios resultantes pueden dejar de reflejar adecuadamente condiciones esenciales como la congestión, la escasez de reservas o los requerimientos de estabilidad. Por ello se debilita su función como señales para la inversión de largo plazo. Hoy no hay duda de ello, especialistas dixit (Luca Cantoni, Valerio Catalano, Christoph Graf, Federico Quaglia, Andrea Terracciano y Frank A. Wolak, Zsuzsanna Csereklyei a, Anne Kallies, entre otros). En suma, el MEM, lejos de ser un mecanismo puro de asignación por precio, es una construcción institucional que intenta conciliar eficiencia económica, viabilidad física y seguridad operativa. Y su reto esencial es armonizar consistentemente estas tres dimensiones. Es uno de nuestros retos. Sí, ahora que se ha decidido un impulso sin precedente a renovables intermitentes y volátiles. Y que se reconfigura profundamente la arquitectura institucional y se fortalece la responsabilidad estatal en la lucha contra la desigualdad y por la justicia energética. De veras.
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