Política
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Nosotros ya no somos los mismos

En el borde del precipicio

S

e lo confieso a quienes cada lunes se acercan a este diario con el ánimo de hallar algunos de sus personales puntos de vista coincidentes con los aquí expuestos, o contrapunteados con otros más, pero en unos y otros casos atendiendo razones y agradeciendo la lectura de los textos, aunque no se coincida con la información de base o con sus interpretaciones, y a pesar de que dichas noticias no estén en las primeras planas de los diarios, pero cuyas consecuencias apenas comenzamos a registrar.

Pues esta semana me resultó imposible permanecer equidistante de las partes que están poniendo al género humano en el borde del precipicio, y cuyas ambiciones podrían ser colmadas, pero con un costo final, con cargo a la humanidad en su conjunto. Es mi costumbre darle una revisadita a los “diarios oficiales” de la derecha y leer a algunos de sus columnistas de primera clase, muchos a quienes yo estimo por diferentes motivos, uno de los cuales es su capacidad para escribir sobre el mismo tema cuantas veces se lo sugiera el director y principal accionista de este independiente y acucioso órgano informativo. Muchas veces he festejado su agudeza para encontrarle tres pies al gato y cómo, ante la ausencia de causales de a de veras, se inventan algunas excusas para poder cuestionar a la Presidenta y a sus colaboradores. La “prensa independiente” desmiente toda información oficial con la vieja costumbre de descalificarla por ser tan sólo la versión gubernamental o, lo que es lo mismo, la información que tenga como origen el trabajo de un reportero que se ciñe a las instrucciones profesionales, pero al tiempo guarda la oportunidad de mostrar hasta dónde sus conocimientos, experiencia y reacciones puedan ser útiles para ser reconocido.

El domingo por la noche Donald Trump la emprendió contra el papa León XIV y lo acusó de ser débil y de permitir la persecución de la Iglesia católica. Esto nos trae a la mente que, a finales de mayo de 1935 en una reunión, Pierre Leval, ministro de Relaciones Exteriores de Francia, le dijo a Stalin que el papa Pío XII pedía algunas actitudes que pudieran permitir un alto el fuego. Con un gesto de burla, Stalin le respondió: “Muy bien, señor ministro, ¿y de cuántas divisiones dispone la Iglesia?

Pública disculpa: Un serio problema familiar me ha impedido terminar, como es mi obligación, la entrega de esta noche. Pido mil disculpas. La próxima semana trataré de enmendar mi falta de este día. Gracias por su comprensión.